La ciudad que habitamos
Para valorar una ciudad primero hay que entenderla. Esa idea atravesó la primera conversación de Un lugar donde pasan cosas, con Sara Portela, directora de Open House Valencia, y Carlos Lluna, creador de contenido y diseñador gráfico.
El jueves 17 de septiembre, el showroom de Studio2 abrió sus puertas para hablar de arquitectura sin convertir la arquitectura en una conversación para especialistas. Sara y Carlos se sentaron ante una mesa redonda. A pocos pasos, alrededor de la cocina, se reunieron personas procedentes de disciplinas distintas. El formato hizo el resto: la distancia entre quienes hablaban y quienes escuchaban desapareció muy pronto.
La conversación partió de Open House Valencia, pero acabó hablando de algo más amplio: cómo aprendemos a mirar la ciudad, qué papel desempeña el patrimonio en nuestra identidad y por qué conocer las razones que hay detrás de un edificio puede cambiar por completo la forma en que lo valoramos.
De voluntaria a directora de Open House Valencia
Sara recordó los años de estudiante y un viaje a Barcelona al que la invitó una amiga. Allí conoció una iniciativa que abría edificios y acercaba la arquitectura a personas que no tenían por qué dedicarse a ella. Con el tiempo, aquella idea llegó a Valencia. Sara empezó como voluntaria y hoy dirige el festival.
La evolución de Open House Valencia explica bien esa apertura. El festival ofrece visitas guiadas a edificios que habitualmente no pueden recorrerse o que solo conocemos desde fuera. Lo que hace unos años parecía difícil de imaginar se ha convertido en una cita esperada por la ciudadanía. Entrar permite reconocer escalas, decisiones, materiales y formas de vida que una fachada, por sí sola, no cuenta.
Entender las decisiones que la ciudad no muestra
Uno de los ejemplos apareció al hablar de la remodelación de la plaza de la Reina. Sara recordó que, después de unas visitas guiadas, el arquitecto José María Tomás, representante del equipo redactor, agradeció haber podido explicar con calma por qué la plaza se había resuelto de esa manera. Detrás de lo que vemos intervienen la movilidad, el aparcamiento subterráneo, el ciclo del agua, la sombra, los accesos, los materiales y la relación con el patrimonio monumental.
La plaza de la Reina sirve así para entender una de las ideas centrales del encuentro: una obra pública no siempre puede explicarse a primera vista. Cuando conocemos sus condicionantes, dejamos de juzgar únicamente el resultado visible y empezamos a leer la ciudad como un sistema de decisiones superpuestas.
El patrimonio también depende de nuestra mirada
Los edificios reflejan las necesidades, las tensiones y las formas de vida de cada época. Por eso su valoración cambia. Durante la conversación aparecieron dos ejemplos valencianos que ayudan a verlo: Espai Verd y el grupo de viviendas Santa María Micaela.
Espai Verd, proyectado por Antonio Cortés Ferrando, integró vegetación, terrazas y espacios comunes en una propuesta residencial pensada para construir comunidad. Santa María Micaela, obra de Santiago Artal construida entre 1958 y 1961, incorporó a la vivienda colectiva valenciana planteamientos modernos que hoy permiten leer de otra manera aquel momento social y arquitectónico.
Ambos casos sirvieron para hablar de edificios que en su momento resultaron difíciles de comprender para parte de la ciudad y que hoy despiertan admiración. El trabajo de divulgación y las visitas de Open House Valencia ayudan a descubrir ese patrimonio y a situarlo en su contexto. Conocer la historia de Santa María Micaela permite entender mejor por qué ocupa un lugar relevante en la arquitectura residencial moderna de Valencia.
La persona detrás del festival
Carlos condujo la conversación desde la admiración por el trabajo de Sara y por la capacidad del festival para acercar Valencia a quienes la habitan. No hubo una búsqueda artificial del desacuerdo. Hubo curiosidad por comprender cómo nace un proyecto cultural, cuánto trabajo invisible necesita y qué impulsa a alguien a sostenerlo durante años.
El encuentro permitió conocer a una Sara más allá de su cargo. Apareció la estudiante que descubrió otra forma de compartir la arquitectura, la voluntaria que decidió implicarse y la persona que hoy coordina una red de profesionales, edificios y ciudadanos. Esa dimensión humana fue una de las aportaciones más claras de la tarde.
Cuando el público entró en la conversación
En un momento del encuentro, Vicent Molins intervino para hablar de la necesidad de descubrir, comprender y valorar el legado de la ciudad. Su aportación abrió la conversación al resto del espacio. Después participaron, de forma natural, arquitectos, médicos, artistas y otros asistentes. María Navarro, gerente y directora de proyectos de la ADCV, tampoco quiso perderse este primer encuentro.
A partir de ahí ocurrió lo que el proyecto buscaba desde el principio: las preguntas dejaron de pertenecer solo a la mesa. La conversación continuó en la cocina, con grupos que se formaron antes y después del encuentro y personas que no se conocían hablando de edificios, recuerdos y formas de vivir Valencia.
La conversación continúa
La primera sesión confirmó que entender una ciudad exige tiempo, contexto y escucha. También confirmó que la arquitectura puede salir de los planos y de los círculos profesionales para convertirse en una experiencia compartida. Abrir un edificio es importante. Aprender a leerlo lo es todavía más.
El 15 de octubre, Un lugar donde pasan cosas continuará con ¿De quién es la ciudad?, una conversación entre Vicent Molins y Diego Blanco, ilustrador y cofundador de Ojo Garabato. Turismo, vivienda, identidad y marketing urbano servirán para seguir preguntándonos quién construye el relato de Valencia y para quién se transforma la ciudad.
La conversación acaba de empezar.
